sábado, 9 de febrero de 2013

Semana 4: En sus marcas, listos... ¡fuera!

“El don más grande que podemos hacer a otros no es compartir con ellos nuestra riqueza, sino hacerles descubrir la propia.” – Benjamín Disraeli.

Dentro del salón de clases

Gracias al día de la Constitución Mexicana (5 de Febrero), no tuvimos clase el Lunes pasado (4 de Febrero), pero estuvimos preparándonos para el inicio de clases en la incubadora al día siguiente.

En la comunidad

Y bueno, empezaron las clases. Al fin pudimos conocer a los que serán nuestros alumnos por las siguientes 10 semanas. A mí me tocaron 2 niñas y 2 niños, todos de 6 años. Una de las niñas no asistió a clases, pero déjenme presentarles a los demás. 

Didia Carolina, es la más inteligente del salón.  
Luis Abel, es sin duda el más inquieto.
Agustín, es el más tímido y callado de todos.
Sólo falta Andrea, a quién espero conocer la próxima semana. Somos un grupo pequeño, son 4 alumnos y somos 2 maestras (Edelmira y yo). En realidad esto me parece muy bueno ya que nos permite dar una atención más especializada a cada uno de los niños.

Al momento de ver entrar niños pequeños a mi salón, la verdad me alegré pues no deseaba dar clases a niños más grandes pues suelen ser más inquietos, respondones y difíciles en general. Pensé que si daba clases a niños más pequeños, sería tarea fácil… ¡ERROR!

Ahora, hablando acerca de los retos que implica el ser maestra de niños tan pequeños, quisiera contarles lo que me sucedió la primera clase con uno de mis alumnos: Agustín. Como les mencioné arriba, él es un alumno callado, tímido, y un tanto cohibido. Era muy difícil hacerlo participar, casi no quería hablar. Le hacías preguntas y no contestaba, sólo respondía aquello que pudiera contestarse con un sí o un no. A como pude lo hice participar y pude notar que no sabía muchas cosas que sus compañeros (de su misma edad y grado) ya dominaban.

Se llegó el momento de aplicar el examen diagnóstico y me senté por un lado de Agustín para ayudarlo a contestar el examen. Leerle las instrucciones principalmente, pues lee con mucha dificultad, y su escritura es todavía más pobre. Pasado un rato, dejé a Agustín solo para que terminara de contestar el examen.

No recuerdo que me iba a poner a hacer cuando noté a Agustín tallándose el ojo izquierdo como si algo le molestara, cuando me acerqué a checar vi que tenía el ojo rojo así que le pregunté que sí que le había pasado y, como era de esperarse, no respondió. Supuse que se habría picado con el lápiz y por eso tenía el ojo rojo, así que sólo le sobé el ojito y me limité a decir cariñosamente “Ya, ya, no tienes nada”.

Una vez habiendo terminado el examen, los niños pasaron al pizarrón (incluido Agustín) a escribir los números del 1 al 10. Después, les entregué una hoja para que colorearan los números que encontraran escondidos. Todo parecía ir bien, cuando de pronto Agustín se me acerca y me dice con su vocecita entrecortada “Maestra ¿puedo ir al baño?” A lo que yo le respondí que sí, pero al ver sus ojos rojos me di cuenta de que no estaba bien así que fui tras él mientras mi compañera Edelmira se quedaba con los demás niños.

Al salir del salón, no sé cómo ni porqué, pero resulto que la mamá de Agustín estaba ahí hablando con el guardia de la incubadora. La mamá, al ver a su niño, le preguntó “¿qué tienes papi?” y al no ver respuesta del niño volvió al decir “¿qué tienes?”. La madre preocupada volteó a verme como con cara de ¡¿qué paso?! Y yo, con la misma cara, no dije nada pues no tenía la más mínima idea de lo que estaba sucediendo.

En eso, el niño fue corriendo a los brazos de su madre y comenzó a llorar diciendo “Es mucho”. Luego, la mamá voltea a verme y me dice “ahorita va”. Yunier (la encargada de la incubadora) sale también, al escuchar el llanto del niño, y se puso a hablar con él.

Yo regresé al salón sin saber qué hacer. Agarré el ejercicio de los números, una crayola y salí del salón para dárselo a la madre y le dije “para que el niño lo termine”. La mamá me dio las gracias y me dijo algo de un problema en las piernitas del niño y que por eso se ponía así. La verdad yo al niño jamás le noté nada y supongo que la mamá me dijo eso porque le daba vergüenza cómo se había puesto su niño. No dije más, sólo sonreí y regresé al salón.

Mientras los niños terminaban con el ejercicio Yunier entró al salón para decirme que Agustín se iba a ir ya a su casa que porque decía que “era mucho colorear.” Yo dije que estaba bien y le entregué las cosas de Agustín para que se las diera. No pasó mucho tiempo cuando, casi al terminar la clase, entran al salón Agustín y su mamá. La señora dice “entrégaselo a la muchacha hijo” (refiriéndose a la crayola que le había dado para colorear los números”. El niño, tímidamente me entregó el crayón verde, a lo que yo le contesté “gracias”.

Y antes de que pudiera darse la vuelta, volví a hablar y le dije al niño “ven para que le pongas un sello a tu trabajo”. El niño escogió entre los sellitos de rana cuál era el que quería y lo puso en su hoja. “Listo” dije, “un sellito de rana trabajadora”. El niño sólo me miraba, y yo, mirándolo también le pregunté “¿nos vemos el Lunes?”. Agustín volteó a ver a su mamá como preguntándose que debía decir, a lo que la mamá le preguntó “¿vas a venir el Lunes papi”. El niño no decía nada, así que su mamá volvió a preguntar “¿vas a venir?”. Finalmente el niño dijo que sí y todos pudimos vivir felices para siempre (o eso espero).

Respecto al resto de la clase, la presentación, el establecimiento de reglas y el examen diagnóstico tomaron más tiempo del esperado por lo que sólo alcanzamos a ver uno de los tres temas que habíamos planeado para la sesión. Espero logremos ponernos a la par la semana siguiente. Por lo pronto, les dejo unas cuantas fotos del primer día de mi clase.










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